El ignorante ilustrado
El socialismo se ha traducido en la aparición de un modelo humano que puede ser denominado con propiedad como el “ignorante ilustrado”. No es únicamente el producto del acceso de las masas a la cultura, en el sentido descrito por Ortega, ni exclusivamente fruto del relativismo cultural posmoderno, que sería su último estadio, sino la consecuencia de un modelo político que ha nacionalizado la educación y la cultura y ha perseguido tanto el espíritu crítico como el sentido de la ciudadanía. Se trata de la subversión del socrático “conócete a tí mismo”. El sentido de la sabiduría occidental parte del principio de las propias limitaciones, de la propieda ignorancia, que lleva a la búsqueda de la verdad y a la superación del mero estado de opinión. El hombre producto del Estado cultural no es un ignorante, o no puede ser considerado como tal. Las estadísticas, por de pronto, han de demostrar que se avanza pero que aún queda mucho por hacer. El retroceso pondría en cuestión la legitimación misma de la ‘nacionalización’ de la cultura, mientras que un éxito completo congelaría los presupuestos o cuestionaría la necesidad de algunos departamentos burocráticos. Tampoco él se considera un ignorante. ¿cómo podría serlo siendo objeto de tantos desvelos oficiales? Escuelas estatales, universidades estatales, medios de comunicación estatales y para-estatales, artistas subvencionados, concejales, ministros, asesores, exposiciones oficiales, libros oficiales, cinestas subvencionados, editorales subvencionadas cuyos ejemplares se venden a módicos precios en escuelas, universidades e incluso en monumentos nacionales, obras de teatro y pustas en escena con fondos públicos, coros y danzas del régimen estatista… Todo está diseñado y conduce a que el súbdito adquiera un barniz cultural que impregne todo su ser.
El Estado cultural difunde por todos los ambientes las luces y los bienes de una ilustración bienpensante y acomodaticia con la que es posible mantener una opinión sobre cualquier cosa y moverse en los términos de lo ‘políticamente correcto’. Nuestro hombre-masa actual no llena ni las salas de teatro ni los espectáculos artísticos, como el que describía Ortega, porque ha alcanzado alguna situación de hastío o porque quizás –en su ignorancia- no cree que pueda aprender nada. En eso la cultura estatal vive un cierto desasosiego. Abundan las declaraciones en las que se establece una denuncia o un lamento por la escasa respuesta del público pero la medicina recomendada es siempre más subvención.
Nuestro ignorante ilustrado está acostumbrado a ver programas en los que la ocurrencia sustituye a la reflexión, puede ver en el mismo plano a un Premio Nobel de Literatura con un cantante cheli, a una corista con un filósofo de la caffeee society.Nuestro ignorante ilustrado vivie en esa cultura kitch, sin formas, sin contenidos, en el que la opinión no es medida por sus consecuencias, y en la que la audacia lejos de ser ya el atributo de la ignorancia lo es de la sabiduría. Esa permanente ilustración esconde una cultura de fragmentos sin cimientos. Nuestro ignorante ilustrado no es un antielitista porque forma parte de la élite general que puede medirse por encuestas. Ya no es capaz de preguntarse por sí mismo ni por el sentido de su vida ni por la realidad de las cosas porque está acostumbrado a recibir respuestas más que a hacerse preguntas. Nuestro ignorante ilustrado no está acostumbrado a mantener interrogantes porque cada uno de ellos debe conducir a una respuesta simple: si está de acuerdo o no. Hay programas televisivos, con liturgia de cultura de masas, en que tras un apresurado debate de una multitutd de populares el espectador es invitado a mostrar su veredicto y dar su opinión con sólo marcar un número en que su anónima llamada será contabilizada e incluso podrá recibir un premio si es agraciado en el sorteo. Los viejos debates ateneístas sobre la existencia de Dios con votación final incluida son una cermonia ritual que ha perdido cualquier carácter subversivo para inscribirse en la más absoluta normalidad.
Ese ingorante ilustrado que muestra su adhesión a los reality show, que no incrementa los índices de lectura, que es adecuadamente ecologista, oportunamente tolerante, comprensivamente feminista, moderadamente pacifista, y convencidamente estatista, es el producto lógico de un sistema y también su fracaso. La ignorancia actual no es un vacío sino un cúmulo de tópicos y mitos, el mayor de los cuales es la beata adhesión al Estado benefactor.
El Estado es contemplado como la instancia última de la que dependen la solución de los problemas cuando él es el problema. Pero el Estado ofrece la coartada de delegar en él tanto la libertad como la responsabilidad personal a cambio de seguridad. Cuando ese Estado ha hecho quiebra, cuando la promesa de máxima seguridad se ha trucado en la máxima inseguridad, el drama futuro será encontrarse no sólo con una generación de estafados sino también de huérfanos.
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