Cuando Indalecio Prieto sacó una pistola en el Congreso de los Diputados en 1934

Los hechos que a continuación se relatan son sin duda alguna muy graves. Si el protagonista de esos sucesos hubiera sido de derechas tendría un capítulo propio en los libros de Historia. Pero quien los llevó a cabo era uno de los dirigentes más característicos del PSOE durante la II República. Es el 4 de julio de 1934, y se celebraba una sesión parlamentaria en el Congreso de los Diputados, la última del periodo de sesiones. El tema que se debatía era de enjundia y afectaba a la actitud de rebeldía de la Generalidad de Cataluña frente al Gobierno de Madrid; el Parlamento debía apoyar al Gobierno de Ricardo Samper en forma de proposición incidental de confianza para que resolviera el conflicto.
En el debate se oyeron discursos de Calvo Sotelo entre otros. Cuando llegó el turno de José María Gil Robles, líder de la CEDA se produjo un hecho lamentable. Sería aislado y sin importancia sino fuera por lo que ocurrió al poco tiempo, en octubre de 1934. En el transcurso de la explicación del voto a favor de la proposición de confianza por la CEDA, y dada la ingente cantidad de aplausos que recibía en sus filas, el Diputado socialista por Huelva Juan Tirado Figueroa insultó al orador en estos términos: «Es un canalla y un farsante». Un diputado cedista, por la provincia de Sevilla, Jaime Oriol de la Puerta pidió que retirara esas palabras así: «No estoy dispuesto a tolerarle esa ofensa. O retira usted esa palabra o…» El representante del PSOE se negó a retractarse de esta forma: «Por las buenas le diré a usted que no quería molestarle; por las malas no rectifico una tilde…».
Jaime Oriol se echó sobre Juan Tirado y éste le dio un puñetazo. El escándalo fue mayúsculo y varios diputados socialistas -entre ellos Juan Negrín- se abalanzaron sobre el derechista Jaime Oriol, según recoge el ABC del 5 de julio de 1934 «el Sr. Prieto avanzó sobre el escaño, relativamente lejano, sacó una pistola, le amartilló e hizo ademán de disparar contra el Sr. Oriol, que estaba caído sobre un escaño. No llegó a disparar, pero se le vio que con el arma agredía al diputado de la CEDA». El orondo y grueso Indalecio Prieto había saltado, con la pistola desenfundada, sobre los escaños.
El Presidente del Congreso, Santiago Alba, hombre anciano y asustadizo, no creyéndose capaz de dominar el tumulto -provocado por los socialistas- abandonó el hemiciclo y se recluyó en su despacho. Reanudada la sesión, los protagonistas se explican. Prieto se justifica con el simple argumento de que «un Diputado socialista fue agredido» y que «si es cierto que sacó la pistola, es lo cierto que fue por haber visto otra pistola enfrente». Jaime Oriol, el agredido por los socialistas y amenazado por la pistola de Indalecio Prieto, dijo: «El señor Prieto debe declarar quien es ese diputado que ha sacado la pistola. Lo indudable es que el señor Prieto esgrimió la suya. Y es intolerable que los socialistas cuando no tienen argumento apelen a las armas».
Es curiosa la caricatura que publicó La Voz el 5 de julio de 1934, que representa a Indalecio Prieto con una pistola. Este destacado socialista no sólo era aficionado al revólver, sino a las armas en general. En las fechas del incidente, Indalecio Prieto estaba gestionando el asunto de las armas para la revolución de los socialistas conocido como «El Turquesa», y el desembarco de aquélla en Asturias en septiembre de 1934. Al respecto, se puede leer en las Memoria de Prieto (Convulsiones en España):
«En 1931, a poco de instaurarse la República Española, varios revolucionarios portugueses que vivían en París, trasladáronse a Madrid donde antes los Gobiernos monárquicos no les permitían permanecer. Ya en España, pusiéronse a conspirar contra la dictadura de su país y se las arreglaron para comprar una partida de armas cortas y comprometer la adquisición de otra, mucho más importante, de armas largas con sus correspondientes municiones. Para este compromiso sirvióles de intermediario cierto industrial que figuró como comprador ante el servicio de Industrias Militares, dependiente del Ministerio de la Guerra, fingiendo que dicho material bélico se destinaba a Etiopía. Las pistolas las tenían ocultas los lusitanos en Madrid, pero los fusiles no llegaron a poseerlos a causa de que el industrial aludido no pudo pagarlos, por lo cual quedaron almacenados en Cádiz, dentro de cajas señaladas con el supuesto destino: Djibuti.
«En 1934, los organizadores del movimiento revolucionario, que tuvo por eje al Partido Socialista Obrero Español, para anular el hecho insólito de que se abriera paso hasta el Gobierno a personas que, por ser adversas a los principios fundamentales de la República, se abstuvieron de dar su voto a la Constitución, entramos en negociaciones con los portugueses. Hallábanse éstos persuadidos de no poder liberar el cargamento estancado en Cádiz, y como con las pistolas de Madrid maldito si podían hacer nada de provecho nos lo cedieron todo. Pagarónseles en el acto las armas cortas y en cuanto a las largas fue transferido el contrato a un francés, amigo nuestro, quienes presentándose en Cádiz y previo pago concertado, se hizo cargo de ellas. Lo divertido de este caso fue el Gobierno de entonces, ávido de deshacer aquel lío administrativo de una venta de armas a Abisinia, metía prisa para entregar cuanto antes fusiles que habían de utilizarse contra él».
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